VINIERON Y NOS REVOLUCIONARON LA VIDA

CRÓNICA / La Colmenita de Cuba

No se por donde empezar. La palabra intensidad es lo que más me surge. Intentaré ser precisa aunque no garantizo, cuando el corazón interviene todo se trastoca. La Colmenita Argentina, un grupo de teatro infantil que comenzó a formarse en octubre de 2011, organizó un Festival de música y teatro de y para niños. En este contexto de desarrolla esta historia.

Todo se origina a mediados de marzo, cuando mi hijo Bautista comienza a integrar La Colmenita. Ahí empezó esta familia por vez primera a vincularse al arte desde el lugar mas sano: el juego. Él iba a los “ensayos” dos veces por semana y casi inmediatamente llegaron las funciones y los ensayos con público. Todo cambió. Nos empezamos a despertar por las mañanas antes de la escuela cantando, todos, canciones desconocidas. Es que la Colmenita surge hace 22 años en Cuba y esa impronta está impregnada acá también. “Cucarachita Martina” , la obra con la que nosotros arrancamos, se metió en nuestros desayunos y cenas y los personajes que intervienen en ella eran, sin querer, interpretados por nosotros cinco (mi marido, yo, mi hijo mayor, Bau y hasta la pequeña que tiene 4 años).

Un día nos enteramos que habría un festival y que vendrían, entre otros, algunos chicos de La Colmenita de Cuba. ¡Qué lindo! ¡Qué buen momento! Pero no era todo. Venían 23 niños y ocho adultos y todos, es decir los 31, se hospedarían en casas de las familias de los colmeneros argentinos. Inmediatamente se formó algo así como un comité de hospitalidad, organizado por tres familias de acá, de Argentina. A nosotros nos tocaban dos niños: uno de nueve añitos y otro de 12. Con gran expectativa los esperamos. Y llegaron. En mi caso llegó primero Marco (el de nueve) y casi una semana después Olito, que debió permanecer más tiempo en Cuba porque estaba filmando la segunda parte de “Y sin embargo”, que aclaro no tenía idea que de era. El 9 de julio entonces llegó Marco. Teníamos en casa a un chiquito que nunca había salido de su país. Ya estábamos en comunicación con sus padres, desde varias semanas antes, así que nos íbamos haciendo una idea de quien era pero nada es como parece, a veces se supera todo. Marquito llegó feliz a vivir una experiencia colmenera y a ofrecer lo mejor de él. ¡Ay! Es tan literal esto, ojalá puedan ustedes entenderlo. Tenía un hijo mas sin darme cuenta. Al principio fue tensionante debo reconocer porque estaba muy preocupada por como se podía sentir pero poquito a poco me fui relajando. Ya al tercer día, desde la cocina de mi casa, gritaba sin culpa: “Marquito, a bañarse” ó “comé un poco más” o “¿te lavaste los dientes”. Todo igual que con nuestros hijos. Sin que nos diéramos cuenta de los días llegó Olito. ¡Uy esa llegada! Es que lo esperábamos a una hora y el vuelo se fue demorando y llegó como 8 horas después… pero llegó y llegó con toda su impronta. Olo es el protagonista de “Y sin embargo se mueve” (obra teatral de La Colmenita llevada al cine por Rudy Mora) pero es un niño como cualquier otro de esa edad y Marco hace del cartero en “Cenicienta según los Beatles”. Bueno, el tema es que llegó y Marquito estaba feliz de también tener en su casa a un compatriota. En cuanto llegó Olo nos empezamos a enterar de qué iba la obra, incluso pudimos ver la película que él nos trajo de regalo. Ahí deje de entender racionalmente todo. Veía la película y lo veía a él al ladito mió haciendo comentarios como cuan critico y no entendía. Era como que no era el mismo. En fin, fue una sensación que me acompaño durante los 20 días que estos hijos míos estuvieron acá. Ya entenderán.

El festival implicaba una serie de funciones y ensayos que desde lo logístico se ven bien pero que al vivirlas eran algo más complicadas, sobre todo para una familia que nada tiene que ver con el mundo artístico. No es que eran tantas horas ni muchos menos pero la dinámica era distinta. Y estaba mi Bauti, que no estaba ni movilizado, ni nada. Todo era parte de algo que esperaba y la expectativa de él tenía que ver con el juego y no con LA llegada de los niños de La Colmenita de Cuba. Es que eran todos unos más, los míos los tuyos, los nuestros, algo casi guevarista, algo como aquello de: “Acuérdense que cada uno de nosotros solo no vale nada” ¡Éramos un todo verdaderamente!. Comenzaron las funciones. La primera que veo es “Cenicienta según los Beatles”. Yo estaba filmando la obra y en un momento lo veo a Marco, a mi Marquito, salir a escena con teatro lleno vestido del Cartero. Nos les puedo explicar todo lo que me pasó en ese momento. No lo podía ver porque no podía parar de llorar (algo que debo reconocer, me pasó bastante). Sentí tremendo orgullo e intentaba ser objetiva  pero no, el corazón excedía cualquier cuestión de la cabeza. Fuerte. Terminó la función y me fui corriendo a los camerinos para abrazarlo y decirle lo muy orgullo que estaba. Yo no era conciente del vínculo que ya se había gestado.

No se cuando fue, no se si antes o después de lo que cuento, que presencio una ronda antes de la función. Una ronda es un círculo, íntimo muy íntimo donde Tin Cremata* se sienta con los niños que van actuar y se concentran en lo que está por empezar. Ese momento es solemne pero no de silencio, nada que ver con eso, sino de cantos y risas y mucho, mucho, muchisimo amor. Y después todos son el personaje que interpretan con lo que cada uno le aporta (que creanme no es poco).

Y entonces llega “Y sin embargo”, todo el mundo esperaba esa obra porque es una gran obra de La Colmenita de Cuba. Bueno, llega y la veo. Comienza diferente a todas, es que esta es dirigida a un público al menos adolescente porque hay mucho por pensar y mucho más por entender. Comienzo a verla, también cámara en mano, y otra vez lo mismo: me traiciona el corazón. Es que cuando veo a mi Olito, al mismo que mando dormir, al que le recuerdo que se lave los dientes… cuando lo veo haciendo de Lapatún, otra vez no entiendo nada. Y lo entiendo todo. Debo primero dejar que el corazón lata, y si late fuerte mejor aún y debo poder correrme del lugar que en suerte tengo (de tenerlo como “hijo” acá) y disfrutar la obra. Y lo pienso en ese momento y no puedo y entonces lloro. Pero después despersonifico y me olvido de todo y veo la obra ¿Y? lloro otra vez pero ahora por todo lo que aprendo, por lo que esta obra de teatro me deja… y lo escucho a Silvio y mi corazón sigue estallando pero de felicidad por estar ahí, por poder ser público se semejante obra. Después del primer cimbronazo de ver a estos niños en acción,  todo vuelve a su cause normal.

Deben entender ustedes que esta convivencia nos marcó. Todo siguió mas o menos igual. En realidad no. Todo siguió momento a momento con los corazones más expuestos. Es que después ya no eran solamente los niños que teníamos en casa sino que eran todos, y todos incluye a los grandes también.

El viernes 28 los más chiquitos de La Colmenita Argentina hacían una función de Mini Cucarachita Martina con las orquestas, perdón LAS ORQUESTAS de las dos Colmenitas. Ese día mi hijo hacia del Charro Díaz, un ratoncito mexicano que intenta ganarse el corazón de Martina. Y no era una función más. Él quería que fuera diferente y ¿por qué? Porque su nueva familia cubana estaría ahí ¡Ay Dios! Lo vimos brillar de felicidad. Fue un charro despreocupado, tranquilo y con un corazón tan, tan grande. Créanme. Ese día fue distinto porque mi hijito como casi todos los niños de La Colmenita Argentina actuaron en las obras de los niños cubanos, hubo incluso obras fusión pero  Bauti no se mostró diferente en ningún sentido cuando participó en ellas. Ni nervioso, ni exaltado, ni nada, todo de lo más normal pero esta última función era evidentemente distinta. A ver… para que entiendan la gravedad del asunto: ese viernes desayunamos todos juntos y entre las chocolatadas y el mate veo en Bautista una expresión dolorosa: -¿Te pasa algo? , pregunte. –No, mami. Al rato lo mismo. Y entonces le digo: – Estas triste ¿Qué te pasa?. Y Bauti estalló en llantos y nos dijo: – Es que los voy a extrañar mucho. Esto creo explica todo. Es simple. Es amor. Y ya.

Después de la función nos fuimos volando para hacer las maletas. A las 22 hs debíamos estar en el teatro para que los cubanos, micro mediante, fueran a Ezeiza. Eso fue de locos. Nadie quería hacer nada. Llegamos al teatro y enseguida al micro. Bauti fue hasta el aeropuerto ahí mismo, junto a Marquito. Mi marido y yo íbamos en un auto con nuestros dos hijos siguiéndolos y como nosotros varias familias mas. Llegamos a Ezeiza y el preembarque nos dio tiempo para las fotos, los juegos, las risas y todo eso. Hasta que llega el momento del embarque y Kristi (coordinadora general de La Colmenita de Cuba) dice: – Despídanse de sus familias argentinas. Yo hasta ese momento estaba bien. Ahí, recién ahí, me di cuenta que se terminaba todo. Olo ya había viajado varias veces y está mas “ducho” para los dolores de las despedidas pero Marco, mi Marquito no. Ni tampoco mi hijo. Él se fue a jugar a otro lado haciendo de cuenta que nada pasaba. Fue terrible sépanlo pero ese sabor amargo enseguida se transformó y es lo que hoy nos despertamos explicándoles a nuestros tres hijos que padecen una rara enfermedad conocida muy bien en Cuba: COMPAÑERISMO que encina lleva grandes dosis de amor y compromiso.

Siento profunda nostalgia pero ante todo gran orgullo de haber sido protagonista de este gran juego que se le ocurrió a La Colmenita Argentina y un profundo amor por La Colmenita de Cuba, que en esta cosa internacionalista, fieles a su nación llegaron a la Argentina a revolucionarnos la vida.

Hasta Siempre. Volverán.

*Carlos “Tin” Cremata es el creador y fundador de La Colmenita porque “había una vez, un 14 de febrero de 1990…”

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Texto: Jimena Riveros, mamá colmenera // Fotos: Emilio Marolla

Militancia: Una manera de Vivir

Lo que sigue es un pensamiento puesto en papel que envió un compañero, es quizás una reflexión o una catarsis personal. Desconozco que disparó en Marcelo este escrito pero aquí se los dejo y también la sugerencia de él: “Para discutir, charlar y compartir con mis amigos y compañeros”, se los hago extensivo.  Jimena Riveros

No es mi idea dar una clase de militancia o adoctrinamiento, sería demasiado petulante de mi parte ante ejemplos muchos más valederos que el de esta humilde persona. Tan sólo que  entre quienes tengan ganas de leerlo, podamos juntos, encontrar el significado de esta vocación que se llama militancia.
Qué tiene palabras marcadas a fuego, tan elocuentes y significantes como democracia, e ideales y tan trágicas como obsecuencia y traición. Alguien dijo alguna vez que en el fútbol jugamos como vivimos, yo creo también que militamos y nos mostramos como somos.
No creo en la mala persona y en el buen militante o viceversa. Creo en los códigos de vida, no en los códigos mafiosos, creo que la política tiene que servir para  que la mayoría de la gente viva mejor y no sólo uno mismo; creo que los ideales no tienen precio, creo que la obsecuencia y la humillación ante el dirigente, termina indefectiblemente en traición hacia la persona y hacia el proyecto que se sigue.

No creo en iluminados, creo en gente con lo que hay que tener, con los objetivos claros, con un sentido y una visión amplia de la vida, creo en los proyectos colectivos y no en los individuales que sin dudas llevan al fracaso.
Creo en la militancia política como estilo de vida, que unifica criterios y lazos que permanecen inalterables a pesar de los años, creo en esa persona que camina junto a mí a pesar de que me discute que me interroga que me cuestiona; ese lo quiero siempre conmigo; eso son los imprescindibles, los leales.

Creo que la conducción y el liderazgo se pueden mejorar, adaptar, estudiar y hasta en algunas ocasiones imponer; pero líder se nace no se hace.
Creo en predicar con el ejemplo, y en no dar una orden que primero yo no pueda cumplir. Creo en la sensibilidad que me provoca un pibe con hambre, un viejo desamparado, o una familia sin sueños; y lo creo porque por suerte o por desgracia, todas esas instancias las viví en carne propia, y el día que eso no me pase más estaré muerto en vida. Creo en la amistad y el amor por sobre todas las cosas; soy amigos de amigos y me gusta q ellos lo sean de mi; no creo ni pienso en lo eterno, sino en lo que día tras día nos animamos a construir; aún en la adversidad más hostil.

Amo y respetaré hasta el último día de mi vida; los Pañuelos Blancos de Madres y Abuelas; porque a pesar del dolor más intenso que un ser humano pueda tener; son el ejemplo más claro que siempre se puede un poco mas; sin odio, sin venganza; con amor, sin olvido, con justicia; y además porque es muy fácil hablar ahora; pero ellas solas les pusieron el pecho a las balas asesinas de los genocidas y sus cómplices civiles.
Creo en la preparación, en el estudio, en la eficacia, pero no en los iluminados; ni en los amigos de o parientes de; será que tanto a mí como a muchos que conozco, todo nos costó mucho sacrificio.
Creo en la humildad como fuente de inspiración, para saber escuchar y saber que hacer, no creo en los infalibles; indefectiblemente ellos se equivocan.
No creo en el triunfo a cualquier precio, porque ahí se pierde lo más sagrado que tenemos; los valores.

No reverencio a nadie, si admiro y respeto; todos somos humanos, todos somos capaces de equivocarnos, de cometer las peores barbaridades en nombre de la autoridad. Llevo en alto lo único que mis viejos me dejaron, que es un poco el resumen de esto.
Creo que la felicidad muchas veces está al alcance de la mano y no somos capaces de tomarla, el miedo de fracasar a veces nos paraliza.
No me creo un cobarde, siempre pelé por lo que creí, aunque estuviera equivocado, siempre convencido por mi formación, mis anhelos e ideales.

No creo en los militantes blancos y los negros, el funcionario que no tiene anclaje, que no conoce el barrio, que no convence sino sólo por lo que da; es sólo un administrador; que termina usando a los otros para llegar a su ambición personal.
Creo en definitiva que la política tiene que servir para que la gente viva mejor, sino se convierte en algo abstracto y deleznable. Creo que estamos viviendo el mejor momento histórico de nuestro país en los últimos 50 años; y a veces, creo que hay mucha soberbia en algunos que no los conoce ni sus familiares; y me da mucho miedo perder, por ellos, la oportunidad de tener un país y un fututo mejor para todos los pibes. Pero también creo en la capacidad de gestión de estadista de ideales y valentía y de coraje, que me ha demostrado Cristina y que tuvo Néstor,  confío en ella y en su capacidad. Creo que la política no es un fin en si mismo, y ser militante político, es ser simplemente una persona que lleva sus ideales, sus convicciones adelante y no por delante de nada ni de nadie.
Creo y aspiro que lo más importante que puedo dejarle a mi hija es  que sea simplemente una buena persona, mirarla siempre a los ojos y que sienta que su papá es un ser imperfecto pero leal y honesto; que se ría bien fuerte, que peleé por lo que cree, que se indigne y rebele ante las injusticias; si puedo lograr eso, mi objetivo en este mundo estará cumplido.

Es una manera de vivir, no de actuar para vivir.

Marcelo Rinaldi

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